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Los
templarios: más allá de la leyenda IIªparte
Investigado,
recopilado y adaptado por:
Fr.
++Giovanni Luisio Mass. OSMTH-Profesor de Religión
Comendador
y Superior de la Orden
C.
Acusaciones y procesos contra los templarios
11.
No creemos que la historia sea el resultado de fuerzas ciegas ni de
factores anónimos que dirigen, como marionetas, a sus
protagonistas. Esto se hace patente en el tema de la
disolución
de los templarios: el drama de esta Orden militar no acaeció
como resultado de una fatalidad inevitable, sino como consecuencia de
ambiciones profundas, de odios encendidos, de voluntades
maquiavélicas, de miedos y de torturas usadas con astucia
calculada hasta el detalle.
Conviene
subrayar, como ya dijimos en el punto 4, que la identidad de los
templarios estaba en parte en entredicho por la desaparición
de los enclaves cristianos en Tierra Santa. Ello llevó, por
ejemplo, a que uno de sus enemigos, Pedro Dubois, en una obra
titulada “De recuperatione Terrae Sanctae”
(1305-1307),
propusiese la supresión de la Orden del Temple o su
fusión
con la Orden de San Juan. ¿Motivos? Pedro Dubois no
señala
ningún escándalo ni acusación como las
que serán
inventadas en Francia, sino simplemente señala que los
templarios han perdido su razón de ser, pues no tienen
peregrinos a los que escoltar...
12.
El drama inicia, como ya insinuamos, con las ambiciones
económicas,
las envidias y los odios de Felipe IV el Hermoso. ¿De
dónde
nacieron estas actitudes? No es fácil saberlo, sobre todo si
señalamos que los templarios (de origen francés)
apoyaron al rey en sus disputas contra Bonifacio VIII, y que el mismo
rey confirmó, el año 1304, todos los privilegios
dados
en Francia a la Orden militar.
Pudo
haber influido en Felipe IV un hecho personal: en 1306, tras una
sublevación ocurrida en París, el rey
encontró
protección segura al refugiarse en la fortaleza (el Templo)
que tenían los templarios de la ciudad. Quizá
este
hecho hizo pensar al monarca en el “peligro” que
implicaba la
existencia de un grupo de hombres tan poderosos, y le llevó
a
poner en marcha la idea de destruirlos. Una vez más la
historia muestra cómo la gratitud es una virtud muy
extraña
entre los hombres, pues el que los templarios hubiesen defendido y
salvado la vida del rey debería haber sido un motivo
suficiente para refrenar las ambiciones del monarca...
Hemos
de recordar, además, que la Orden del Temple era famosa por
sus riquezas, y que fungía en muchos lugares como si se
tratase de una especie de “banco”, capaz de dar
préstamos,
de custodiar bienes de valor, etc. Según parece, cuando
Felipe
el Hermoso estuvo en el Templo de París, fue llevado a
contemplar el abundante tesoro custodiado por los templarios. La
ambición se despierta de modo muy intenso a
través de
la vista, máxime cuando eran cuantiosas las deudas que
agobiaban al rey francés.
13.
Había que conseguir dinero, de modo rápido y sin
intereses. Una primera acción de Felipe IV
consistió en
arrestar y exiliar a todos los judíos de su reino el 21 de
julio de 1306, lo que le permitió apropiarse de todos sus
bienes. Más tarde, en 1311, haría algo parecido
con los
mercaderes italianos. En 1307 les llegaba el turno a los templarios.
Para acaparar sus riquezas, sin embargo, habría que anular
su
poder, su prestigio y, sobre todo, su dependencia directa del
Papado.
14.
La primera fase consistió en buscar y reunir acusaciones
contra los templarios. Entre los primeros
“testigos” encontramos
a un personaje turbio, Esquiu de Floyran, que decía haber
sido
templario y que había cometido diversos delitos que le
llevaron a la cárcel. Una vez en libertad, se
dirigió
primero a la corte del rey de Aragón, Jaime II, con una
serie
de graves acusaciones contra la Orden del Temple que habría
obtenido, supuestamente, de un templario apóstata conocido
en
la cárcel. El rey aragonés no hizo
ningún caso
de estas acusaciones, y entonces Esquiu marchó a Francia. No
es fácil imaginar que alguien dirigía los pasos y
las
acusaciones de este hombre, como antes alguien había
coordinado e incitado a tantas personas, incluso
eclesiásticos,
a proferir acusaciones absurdas contra Bonifacio VIII...
Las
calumnias de Esquiu fueron, obviamente, muy bien acogidas por Felipe
el Hermoso, y no falta quien insinúa que detrás
de
Esquiu estaba la astucia y la imaginación de Guillermo de
Nogaret. El rey pudo también “reunir
informaciones” de
algunos templarios que habían dejado la orden o
habían
sido expulsados por su mala conducta (lo cual ya los hace testigos
poco fiables). Incluso el rey instigó a doce falsarios para
entrar en la Orden y actuar como espías, para poder
testificar
así contra los templarios.
Felipe
IV iba informando de las distintas críticas y acusaciones al
Papa para preparar el terreno a la hora de presionarle a iniciar un
proceso contra la Orden del Temple. Clemente V empezó a
dudar
de la inocencia de los templarios y llegó a pensar en la
necesidad de una investigación, una idea que barruntaba ya
en
el verano de 1307.
15.
Previamente, el rey había realizado una maniobra que
resultó
vital para su proyecto. El gran maestre de los templarios, Jacobo
(Jacques) de Molay (ca. 1243-1314), residía en Chipre (que,
como dijimos, esa la sede central de la Orden) y habría que
atraerlo a Francia. El Papa lo llamó, quizá en
parte
con la idea de que había que analizar ciertos proyectos para
preparar la conquista de Tierra Santa, quizá
también
para pedirle una defensa de la Orden. Jacobo no intuyó el
peligro al que iba a exponerse, y partió hacia Francia con
un
nutrido grupo de caballeros. El rey, de manera cínica, lo
agasajó grandemente en París, e incluso le
permitió
ser padrino de uno de sus hijos. La víctima había
caído, sin saberlo, en una complejísima
telaraña
de la que sólo lograría librarse con la
muerte.
Mientras,
Felipe IV terminaba de mover las últimas piezas para que el
plan fuese perfecto. Tenía como confesor a Guillermo Imbert,
que era, además, el gran inquisidor del reino. Con su apoyo,
en nombre de la Inquisición, el rey podía echar
mano a
los templarios bajo la falsa acusación de
herejía, con
lo que evitaba el problema de la invulnerabilidad de una Orden que
dependía directamente del Papa.
16.
Empieza el drama. El 22 de septiembre de 1307, el rey envía
órdenes secretas para que la mañana del
día 13
de octubre se proceda al arresto de los templarios presentes en su
reino y a la incautación de todos sus bienes. La
ejecución
del mandato real cogió de sorpresa a Jacobo de Molay (que se
encontraba en París, preparando un viaje a la corte papal
para
defender a la Orden de las acusaciones que corrían ya por
todas partes) y a los más de 1000 templarios (tal vez 2000)
residentes en Francia. Para tal arresto masivo, el rey contó
con un eficaz ejército privado y una especie de
policía,
que ya habían mostrado su destreza a la hora de arrestar y
expulsar a los judíos. La “conquista” de
la fortaleza (el
Templo) que los templarios tenían en París
corrió
a cargo del mismo Nogaret, que convirtió a aquel recinto en
la
cárcel de los que antes eran sus propietarios...
El
golpe fue tan inesperado que el mismo Papa Clemente V tuvo que
protestar ante el abuso real, con una carta fechada el 27 de octubre
de ese mismo año 1307. Envió, además,
a dos
cardenales, Berenguer Fredol y Esteban de Siuzy, para conminar al rey
a que pusiese en sus manos las personas y los bienes de los
templarios. Veremos en seguida cómo maniobró el
rey
ante esta petición papal.
17.
Antes de la llegada de los dos cardenales, el rey empezó a
conseguir “resultados” muy favorables a sus planes.
Los
comisarios reales torturaban a los templarios y les obligaban a
confesar sus delitos. Cuando éstos cedían
psicológicamente, llamaban a los inquisidores que
recogían
las “confesiones” de los presuntos culpables.
Muchos templarios
sucumbieron y se acusaron de delitos contra la fe y contra la moral
(normalmente de aquellos delitos sobre los que se les preguntaba
según una lista previamente preparada por los
inquisidores).
Jacobo
de Molay, que tenía unos 64 años,
cedió a la
presión psicológica, si bien parece que no fue
torturado físicamente. El 24 de octubre de 1307
declaró,
ante el inquisidor Imbert y varios testigos, haber renegado de Cristo
y haber escupido sobre la cruz. Más aún,
envió
una carta a todos los templarios de Francia para que confesasen, por
mandato suyo, aquellos delitos de los que fuesen acusados. No es el
momento de juzgar este gesto de debilidad. Quizá lo
comprenderíamos mejor si dejásemos de pensar que
los
héroes son impasibles, cuando en realidad son tan humanos
que
también pueden tener sus momentos de flaqueza. Jacobo no
soportó la presión psicológica y
firmó
una falsa confesión de delitos. Veremos que, en el decurso
de
los hechos, aumentará su entereza moral y llegará
a
dar, con su muerte, testimonio de amor a la verdad y de la inocencia
de su Orden.
18.
Los dos cardenales enviados por el Papa fueron recibidos con bastante
retraso. El rey los acogió con benevolencia.
Renovó sus
promesas, llenas de no poca hipocresía, de fidelidad a la
Iglesia, y manifestó su disponibilidad de entregarles las
personas de los templarios, pero sin liberar, por el momento, a
ninguno. Poco tiempo después los cardenales consiguieron
entrevistar a Jacobo de Molay y a varios templarios en la
cárcel,
y éstos hicieron sus primeras retractaciones.
El
Papa, por su parte, estaba indignado por el papel que la
Inquisición
había jugado en Francia contra los templarios. Por eso, a
inicios de 1308, suspendió de su cargo a Guillermo Imbert.
Además, privó a la Inquisición
francesa de
competencias en el asunto de los templarios, y pasó el
proceso
a los tribunales diocesanos. Por desgracia, el Papa no mantuvo estos
gestos de valor, pues más adelante, bajo las presiones del
rey, confirmó a Imbert como juez para el caso de los
templarios.
19.
Mientras, Felipe IV había enviado una pregunta a la facultad
teológica de París: ¿tenía
el rey de
Francia la facultad de apresar, juzgar y condenar a los herejes? La
facultad le dio una respuesta negativa. Entonces empezó a
promover, a través de Pedro Dubois (jurista
francés
rico en ardides y precursor de la “propaganda”
panfletaria, al
que ya mencionamos por un primer escrito contra los templarios), una
serie de ataques contra Clemente V, al que acusaba de poca firmeza
para gobernar la Iglesia y de haberse dejado sobornar por los
templarios. En uno de sus escritos, Dubois le recuerda al rey
cómo
Moisés conminó a los israelitas para que
asesinasen a
los infieles del pueblo, sin pedir permiso a Aarón:
también
el rey podría actuar así, sin tener que avisar al
Papa...
Para
aumentar su presión sobre Clemente V, Felipe IV
convocó
los estados generales para el 5 de mayo de 1308, en la ciudad de
Tours. Allí recibió un apoyo casi
unánime: los
templarios merecían la pena de muerte por ser herejes y por
haber cometidos crímenes nefandos. Las calumnias y las
presiones del rey habían logrado una nueva victoria, y
todavía
quedaba uno de los puntos más difíciles: doblegar
la
voluntad del Papa.
20.
El rey quiso encontrarse con Clemente V en la ciudad de Poitiers (que
fue durante bastante tiempo residencia provisional del Papa), de mayo
a julio de 1308. El rey reconoció al Papa su competencia
para
juzgar a la Orden del Temple, si bien “se
ofrecía”, para
“ayudar” al Papa, a mantener en arresto a la mayor
parte de los
templarios. Permitió, además, que un grupo de
templarios, bien seleccionados, se presentasen ante el
pontífice,
al mismo tiempo que inventaba excusas absurdas para impedir que
Jacobo de Molay y otros jefes insignes de la Orden pudiesen ser
interrogados por el Papa. Los prisioneros seleccionados se acusaron
de tales delitos y con tanto descaro que Clemente V quedó
muy
impresionado.
21.
Fue entonces cuando el Papa se decidió del todo a iniciar el
proceso, llevado a cabo en un doble binario. Por un lado,
habría
un proceso pontificio, en el que se analizasen los eventuales delitos
de la Orden en su conjunto; por otro, los obispos
realizarían
procesos diocesanos para analizar los presuntos delitos de los
templarios en cuanto personas particulares.
Además,
y siempre bajo las presiones del rey, el 22 de noviembre de 1308
Clemente V pidió que fuesen arrestados y juzgados los
templarios de las demás naciones cristianas, y que sus
bienes
pasasen bajo el control de la Iglesia. Aludiremos un poco
más
adelante a cómo fue acogida y aplicada la orden papal.
22.
Hubo que esperar a noviembre de 1309 para que diese inicio el proceso
pontificio contra la Orden del Temple. Fue llamado a declarar Jacobo
de Molay. Después de unos momentos de vacilación,
defendió públicamente la inocencia de la Orden, y
declaró su fe católica, lo cual era una
importante
retractación pública de lo que había
firmado
bajo las presiones psicológicas durante los primeros meses.
Las palabras de Molay debieron de sentar muy mal a uno de los
personajes presentes en la comisión y que ya nos es
suficientemente conocido: Nogaret. Con permiso del obispo que
presidía el tribunal, Nogaret empezó a interrogar
a
Molay y éste le desmintió sus acusaciones llenas
de
veneno. Al final, Jacobo de Molay pidió que se le concediese
la gracia de escuchar misa, lo cual no pediría alguien que
fuese verdaderamente hereje...
Durante
el proceso, otros caballeros templarios empezaron a retractar sus
“autoacusaciones”. Uno de ellos, Ponsard de Gisi,
tuvo la osadía
de exponer a qué torturas había sido sometido
para ser
obligado a declararse culpable:
“Tres
meses antes de mi confesión me ataron las manos a la espalda
tan apretadamente que saltaba la sangre por las uñas, y
sujeto
con una correa me metieron en una fosa. Si me vuelven a someter a
tales torturas, yo negaré todo lo que ahora digo y
diré
todo lo que quieran. Estoy dispuesto a sufrir cualquier suplicio con
tal de que sea breve; que me corten la cabeza o me hagan hervir por
el honor de la Orden, pero yo no puedo soportar suplicios a fuego
lento como los que he padecido en estos dos años de
prisión”.
23.
Cada vez eran más los templarios que retractaban lo firmado
bajo torturas y que se mostraban dispuestos a defender a su Orden.
Entre febrero y abril de 1310, más de 500 templarios
quisieron
dar este paso y se ofrecieron para hablar ante los jueces en
París.
Muchos de ellos sabían a qué se estaban
arriesgando: en
aquel tiempo, el hereje que primero confesaba sus errores y luego se
retractaba, podía ser condenado a la hoguera.
Ante
tal multitud de hombres dispuestos a defender a la Orden, los jueces
determinaron que los templarios escogiesen a algunos representantes
que pudieran hablar en nombre de todos. Fueron elegidos Pedro de
Bolonia (Pietro di Bologna) y otros tres templarios. El 1 de abril de
1310 entregaron un primer escrito de defensa, en el que negaban como
absurdas las acusaciones, recordaban que muchos templarios
habían
confesado a causa de las torturas y del miedo a la muerte, y
pedían,
finalmente, lo siguiente:
“Imploramos
la misericordia divina, que se haga justicia, puesto que ya por un
tiempo excesivo hemos padecido una persecución injusta. Como
cristianos fieles y fervorosos pedimos la recepción de los
sacramentos de la Iglesia”.
No
faltaron, hay que reconocerlo, algunos ex-templarios que renovaron
las acusaciones contra la Orden, así como otros prisioneros
que ratificaron sus confesiones acusatorias. Pero las contradicciones
sobre algunos puntos eran tan manifiestas que los jueces no
consiguieron mucho de estas declaraciones.
24.
La valentía recobrada por las víctimas
ponía al
rey en graves problemas, y tuvo que pensar, con sus ministros, un
golpe de mano que asustase a muchos y produjese un fuerte impacto en
la “opinión pública”. Para
ello, el rey contó
con la complacencia del nuevo arzobispo de Sens, Felipe (Philippe) de
Marigny, hermano de uno de los ministros de Felipe IV, que
tenía
la competencia de juzgar a los templarios encarcelados en la zona de
París. Preparó un tribunal
eclesiástico
apresurado para juzgar a algunos templarios que habían
retractado las acusaciones anteriores. Los procuradores de los
templarios, apenas conocieron la noticia, avisaron a la
comisión
pontificia de lo que estaba por ocurrir; incluso Pedro de Bolonia
entregó un documento de apelación al Papa. Pero
sus
peticiones no fueron atendidas.
Así,
el 11 de mayo de 1310, 54 templarios acusados como
“relapsos” (es
decir, acusados del “delito” de haberse retractado
y de haber
querido defender a la Orden ante una comisión pontificia que
debería guardar secreto de sus interrogatorios), fueron
condenados a muerte, sin que se les dejase ningún margen de
defensa. Al día siguiente, 12 de mayo de 1310, los 54
condenados entonaron el “Te Deum” (himno de
acción de
gracias), antes de que el fuego los consumiese vivos.
Poco
tiempo después, otros 15 templarios, en diversos lugares,
fueron asesinados en la hoguera. En las cárceles, sea por
las
torturas, sea por la misma insalubridad de las prisiones, la muerte
había causado ya no pocas víctimas entre los
templarios
que mendigaban un poco de justicia humana. A muchos de los que
morían
en las cárceles les fueron negados los sacramentos y la
sepultura en un cementerio cristiano.
25.
El rey imponía, de este modo, el sistema del terror. Muchos
templarios dispuestos antes a retractarse dejaron ahora de hablar en
favor de su Orden. Otros, como el mismo Pedro de Bolonia, escaparon,
pues se dieron cuenta de que la maquinación contra la Orden
era más poderosa que las más elementales normas
de
justicia, y que no había ningún margen de defensa
equa.
No faltaron algunos que continuaron en su empeño por
defender
al Temple. Como aquel templario que, el día 13 de mayo de
1310
(un día después de la muerte de sus 54
compañeros),
se atrevió a declarar ante la comisión pontificia:
“Yo
he confesado algunos artículos a causa de las torturas que
me
infligieron Guillermo de Marcilli y Hugo de la Celle, caballeros del
rey, pero todos los errores atribuidos a la Orden son falsos. Al
mirar ayer cómo eran conducidos a la hoguera 54 freyres por
no
reconocer sus supuestos crímenes, he pensado que yo no
podré
resistir al espanto del fuego. Lo confesaré todo si quieren,
incluso que he matado a Cristo”.
26.
¿Qué ocurría, mientras, en otras
naciones? No
nos detenemos ahora para hablar de lo que ocurrió en tantos
lugares entre 1307 y 1312. Podemos decir, en modo de resumen, que
hubo reyes, como Jaime II de Aragón y Eduardo II de
Inglaterra, que inicialmente defendieron a los templarios por su fama
y los nobles servicios prestados a los reinos cristianos. Pero cuando
se hizo pública la orden papal de arrestar a los templarios
y
“poner a salvo” sus bienes, la
catástrofe fue
inevitable.
En
algunos lugares, los templarios fueron sometidos a tormentos, pero
ello no les llevó a declararse culpables, mientras que en
otros, algunos de los torturados confesaron aquellos delitos que no
habían cometido. Hubo también varios procesos
diocesanos en los que se declaró la inocencia de los
caballeros del Temple. No faltaron monarcas que aprovecharon la
situación para expropiar a los templarios de sus bienes, a
pesar del disgusto de Clemente V.
El
caso de Aragón fue especialmente interesante, pues los
templarios fueron declarados inocentes en el proceso inquisitorial.
El rey, sin embargo, decidió apoderarse de sus bienes, y los
templarios se alzaron en armas. Fue el único lugar donde
ofrecieron una resistencia militar en toda regla. Jaime II tuvo que
conquistar, uno por uno, los castillos de la Orden presentes en su
reino.
En
Portugal, en cambio, los templarios gozaron del favor del monarca
reinante, don Diniz. Éste los tomó bajo su
custodia y
dejó que el proceso diocesano siguiese su curso normal.
Terminadas las averiguaciones, los templarios fueron declarados
inocentes, y el rey quiso “fundar” de nuevo a la
Orden (ya
suprimida por el Papa) con el nombre de Caballeros de Cristo. En
Alemania los procesos canónicos mostraron también
la
inocencia de los templarios.
Es
oportuno notar que en Chipre, la sede central de los templarios, fue
organizado un proceso contra los miembros de la Orden (unos 180 en la
isla). De entre ellos, muchos eran franceses y de otros lugares de
Europa, y ninguno admitió conocer delito alguno de aquellos
caballeros que habían sido antes compañeros en el
Temple y que ahora confesaban culpas absurdas en las prisiones de
Francia.
Bibliografía
Consultada:
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PONTIFICIA
ADMINISTRACIÓN DE LA PATRIARCAL BASÍLICA DE SAN
PEDRO,
Los Papas. Veinte Siglos de Historia, Libreria Editrice Vaticana,
Città del Vaticano 2002.
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